First blood
- Sí, soy feliz –dice Bea a miles de kilómetros a través de la pantalla pixelada de mi Iphone.
Después de 7 años de relación yo no fui capaz de conseguir eso. O no supe. O no quise. O vete tú a saber. Ahora está de monitora en una granja para deficientes mentales y resulta que es feliz. Era simplemente eso lo que necesitaba. Hacer trabajos manuales con deficientes. O algo de lo que hay en ello. O vete tú a saber. Trabajos manuales con deficientes, eso era todo lo que pedía a la vida. Mira que lo tuve fácil.
Es curioso, pero tengo la sensación de estar viviendo el epílogo a la historia de amor que cuento en el libro. Apago el teléfono con más nostalgia que pena y a la mañana siguiente cuando despierto sigo en Madrid. Hago un peregrinaje de estaciones de metro hasta la casa de mi editor, Sigmundo. Me recibe con su esposa, su perro y unas cervezas. El perro salta como loco al verme entrar en casa.
- Parece que se acuerda de mí –digo.
- No: hace lo mismo con todo el mundo.
- Vaya.
Saca una pequeña montaña de FOTOCÓPIAME LAS PELOTAS para que los dedique. Trato de escribir algo original en cada uno de ellos. Descubro que mi originalidad como autor se reduce a treinta frases lapidarias, a partir de ahí tengo que repetirme. Los 20 que ha separado para que me los lleve a Valencia los mete en una bolsa del Gran Centro Comercial.
Cada vez que me preguntan si quiero comer algo respondo que no, pero aun así no paran de sacar comida y yo no paro de terminar con todo antes de que hayan tenido tiempo de pegar un par de tragos a sus cervezas.
Me despido con los casi diez kilos de libros cargando del hombro.
Me encuentro en una marisquería de Sol con Luis. Es un buen momento para el reencuentro porque es demasiado torpe para Paypal, y o le vendo el libro en mano o será una venta menos. Pedimos unas cervezas. Hablamos de él. “Yo esto, yo lo otro…” No veo el momento de meter la cuña de mi libro.
- ¿Y tú cómo vas? –pregunta al fin.
- Pues mira…-digo sacando un flamante ejemplar de FOTOCÓPIAME LAS PELOTAS de la bolsa y tendiéndoselo.
- Ah, cojonudo, gracias –dice sin darle demasiada importancia metiéndolo en la bandolera que lleva cruzada sobre la americana de pana como si se tratase de un regalo-. Por cierto, ¿no te he dicho que me han dado una beca para jóvenes promesas?.
- ¿Joven promesa? Si tienes casi cuarenta. Hace veinte años que dejaste de ser una promesa.
- Yo esto, yo lo otro… -sigue mientras veo como se esfuman los 20 euros de mi libro.










![rebajas[1]](http://mispelotas.micabeza.net/wp-content/uploads/2012/03/rebajas1.jpg)
Desde